Por Juan Pablo Ramírez I.

Este álbum salió al mercado en 1980
A pesar de ser payanés ‘raizal’ y de no dominar lenguas extranjeras, me siento atraído hacia la música anglosajona, en especial, la de los Beatles y la de Queen. El primer contacto con Lennon y McCartney me ocurrió por casualidad, un día de agosto del 94, a través de un casete que me grabó un amigo.
Luego, juntando la mesada que me proporcionaban para el recreo ($ 200 en esos días) compre un LP de Queen exhibido en la vitrina de ‘Eco Musical’. El disco estaba sin desempacar de su bolsita sellada, pero en mi casa no había tornamesa. Para escucharlo era necesario ir donde el amigo que me grabó el casete de los Beatles.
Así me aproximé al rock por primera vez. Entonces vino el grado del colegio y la inevitable separación del amigo, quien quiso ser médico mientras yo me extraviaba entre las faldas de la física, siempre coqueta y veleidosa. Como era de esperarse, me quedé sin tocadiscos. Ya en esos momentos era complicado encontrar un equipo de sonido de los viejos porque el CD venía ganando la carrera. Al principio era posible comprarlos, pero fueron aumentando su valor de forma tan acelerada que la solución era pedir el compacto prestado y grabarlo en casete.
El dispositivo portátil más pequeño conocido hasta entonces era el ‘Walkman’, por lo que tener muchos casetes era motivo de orgullo. Uno presumía ante los amigos su imponente colección de cintas y, lo mejor de todo, era que siempre había una a la mano para probar lo dicho. Además, era posible crear las más emotivas combinaciones musicales en un solo carrete de una hora. La mayoría de los discos de los Beatles duran menos de treinta minutos, entonces, grababa todo un álbum por un lado y, por el otro, rellenaba con mi otra pasión: la música tropical que los del interior manoseamos para bailarla en diciembre.
Mientras tanto, el ‘Long Play’ de Queen se llenaba de polvo en el altillo de la casa materna. Total, me habían prestado el compacto y yo, por supuesto, hice la inevitable copia magnética.
A la vuelta de dos años me había convertido, de un simple entusiasta, en un coleccionista feroz de todo lo que tuviese que ver con los inicios del rock. Pero un coleccionista a medias, pobre, pirata. Los únicos discos originales que aún conservo son los de los Beatles (el relato de los trabajos que tuve que pasar para conseguirlos hacen parte de otra historia).
A Queen le tocó ser la amante caprichosa que figura esconder, o el hijo intermedio que hereda los pantalones de los hermanos mayores. El último inventario me sorprendió con que tenía 722 casetes, de los cuales, 29 eran de Queen. Aclaro que ninguno era original. Eran de esos casetes Sony color anaranjado o los TDK transparentes. Cuando la ocasión lo merecía había cintas cromadas, por lo general, para grabar jazz o cosas muy viejas…
Corte #2 del lado A del álbum The Game, titulado Dragon Attack . Duración: 4′ 18”
(Espere la segunda parte la próxima semana)


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