De la apabullante colección de cintas pasé a la magia comprimida del mp3 con la llegada a la casa del computador. Seguía pidiendo los discos prestados para copiarlos, pero ahora, en digital. Sin embargo, algunos conocidos no renunciaban a conservar el sonido analógico y seguían comprando pastas.
Uno de ellos, frecuentaba toda suerte de mercados de pulgas y librerías de usados en busca de curiosidades musicales. Los discos en vinilo estaban ya en el plano de lo curioso y exótico. Vino a mi casa una tarde para mostrarme lo que según él haría que me fuese de bruces. De una bolsa negra sacó un acetato de carátula gris que decía al frente “Queen, The Game”. Me dijo que lo había encontrado en una librería en el centro y que quien se deshizo de él tenía que ser un pelotudo de aquí a Pekín.
Luego de confirmarle que el pelotudo había sido yo, le rogué para que me lo vendiera. Con arrogancia hizo un gesto con los dedos y se marchó, no sin antes restregarme en la cara su bonita adquisición y asegurarme que ni el tiempo ni la distancia lo apartarían de su joya musical. Después de unos meses supe que embarazó a la novia y tuvo que vender los discos. Lo que no supe fue dónde los vendió.
Play The Game. Duración 3′ 23”
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Empieza el 2009 y estoy encerrado en mi casa porque no me gusta jugar con agua como un imbécil. Acaban de traer el equipo de sonido con el tocadiscos reparado luego de 15 años sin funcionar. Para probarlo, nada mejor que este álbum de Queen (The Game, 1980) prensado en Colombia con esa leyendita en la carátula que reza “El disco es cultura”.
Casi me doy por vencido, pero al fin encontré un negocio en Cali donde vende agujas para un equipo tan viejo. El disco lo compré en una librería de usados que queda por el Ulloa. Me costó 12 veces lo que el librero me dio hace diez años cuando se lo vendí. Pero no importa. Al fin de cuentas hoy puedo escucharlo en mi propio estudio, al volumen que se me pegue la gana, en compañía del último Lucky Strike que queda en el paquete y que pienso encender ahora mismo.


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