A las tres de la tarde, sin falta todos los días desde mis cinco años hasta los catorce, mi abuelo nos sacaba del embrujo de los deberes escolares para tomar café. El suyo era negro, un poco cargado y sin azúcar, contrastando con el de los niños que debíamos tomarlo en leche, muy dulce y sin cigarrillos.
El hombre grande, viejo hasta más no poder, sorbía su tinto con la majestad que tienen para uno los señores que hablan sólo cuando es necesario y simplemente para decir verdades reveladoras. Su lugar era el principal en la mesa y, mientras mi hermana y yo tratábamos de no quemarnos con nuestros pocillos, el viejo tarareaba pasajes de alguna melodía, creo que con el único fin de que no se le olvidara por completo.
A pesar de que tuve el coraje para preguntarle, nunca supo o quiso decirme cuál era el título de la banda sonora de nuestros entredías. Anoche tuve un sueño en el que aparecía el abuelo con sus viejos compañeros de música tocando la melodía, para mí extraña hasta hace muy poco, pero que identifiqué con emoción infantil.
He aquí, entonces, Take Five interpretada por el cuarteto clásico de Dave Brubeck.



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