Por: Laura Natalia Vaca P.
Se dice que escuchar música en mp3 lo va dejando a uno sordo porque el sonido no llega completo y solo alcanzamos a completar un pequeño rango de ondas. Esto claro, con el fin de que te quepan mil canciones en un dispositivo del tamaño del pulgar.
Se dice también que los vinilos reproducen la música acompañándola, no solo de ese particular sonido a fritanga, sino también de sensaciones táctiles, porque el sonido del microsurco transmite, no solo los sonidos completos, sino también sus vibraciones que se reproducen en la piel.
Quizá por eso, además de la nostalgia inevitable, escuchar una canción de un vinilo contiene, no solo toda la carga de sensaciones táctiles, sino que también implica un ritual más extenso que simplemente darle ‘play’ a la memoria digital.
Para escuchar un vinilo primero hay que conseguir un tornamesas. En estos días es ya muy difícil hallarlos en las tiendas de electrodomésticos, pues los fabricantes, en su profunda sabiduría, decidieron que es mejor deshacerse de esos vejestorios y no fabricarlos más. Por eso, lo mejor es hacer las pesquisas necesarias en casa de los amigos, de los tíos o abuelitos que aún conservan sus viejos equipos de sonido.
Ahora bien, otro detalle importante es que este funcione. En países como el nuestro, donde comprar un computador es toda una hazaña presupuestaria, no es fácil ir dejando por ahí tirados los electrodomésticos simplemente porque ya no funcionan. Al contrario, lo más indicado es llevarlo donde el eléctrico para que repare lo descompuesto. Por eso, seguramente ese tornamesa que se convirtió en hermoso centro de mesa todavía puede revivir aquellos días en que era el alma de la fiesta, el personaje central alrededor de quien sucedía toda la acción.
Una vez reparado, se procede a desempolvar y lustrar con el mayor cuidado y cariño los viejos acetatos. Esta parte requiere sumo cuidado y no dejar caer el disco o vinilo al suelo, pues puede deformarse y quedar sonando cual descompensado recital de vodevil. El disco se limpia, y ponga bien cuidado, con un delicado trapito de lo que hoy se llama microfibra pero que en el pasado simplemente significaba “trapito que no deja pelusa”. Al disco en cuestión se le da una pasada con dicho trapito un poquito mojado. Hay quienes sugieren también hacerlo con alcohol, e incluso hay quienes, esponjilla en mano, le dan una pasada a los surcos con jabón. En fin, cada uno verá.
Seguido este paso, y una vez seco el vinilo, se procede a ponerlo a sonar. Para esta parte del ritual hace falta buen pulso y buena vista, para adivinar por dónde va el surco de la canción que queremos escuchar.

Audio: Carmen de Bolívar, porro interpretado por la orquesta de Lucho Bermúdez con la voz de Matilde Díaz. Esta grabación aparece en un LP editado por el Círculo de lectores en 1983.
Empieza entonces ese conocidísimo sonido de fritanga y la música suena. Los sonidos, completos y profundos nos transportan a otras épocas, cuando los cantantes y las bandas aún sacaban sus discos en vinilo. Esas viejas canciones con las que ésta, la última generación del vinilo, se crió y bailó en las fiestas de diciembre y en los cumpleaños. Desde la inmortal Sonora Matancera, pasando por Celina y Reutilio, el Grupo Niche y su Cielo de Tambores, pasando por el pelo suelto de Gloria Trevi, Los Graduados, Raphael, Camilo Sesto y Fausto, hasta Queen, el Casacanueces y Pablo Milanés, entre otra gran cantidad que se me escapan.
En Popayán hay un lugar llamado ‘Vinilo retro bar’, que es una especie de discoteca donde, por cierto, no me dejaron entrar la única vez que fui… suponía que por su nombre sería un homenaje a la nostalgia del disco y a sus ondas táctiles, pero no. Resulta que no era sino el nombre, porque según dicen los que han entrado, ni es música retro ni ponen vinilos.
Creo que por eso mejor nos reunimos un fin de semana desempolvando las viejas pastas que nos heredaron los años de experiencias musicales y entre amigos, sentarnos hasta el amanecer, recordando viejas canciones y esa placentera sensación de escuchar como vibra la piel con la música… es cierto, se gasta más tiempo poniendo la aguja que espichándole play a un aparato diminuto que podemos llevar a donde sea, pero esa profundidad de los sonidos y su resonar en todos los sentidos no tiene el precio del Ipod más caro.


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